Es un problema, por desgracia, bastante frecuente. Cuando en 1960 el matrimonio compró su modesta vivienda en un primer piso de un barrio cualquiera de nuestras ciudades, el acceso a la vivienda no suponía problema alguno.
Subir y bajar una o varias veces los 20 escalones que les separaban de la calle era algo que podían hacer apenas sin darse cuenta.
Pero el tiempo pasó, las fuerzas y la agilidad menguaban y el estrecho pero corto tramo de escalera empezó a convertirse en un obstáculo insalvable.
Y sucedió lo inevitable. Una caída y rotura de cadera. La cirugía fue fácil y el hueso terminó por soldar sin problemas pero la falta de ejercicio y el miedo añadido la condenaron a no poder salir de casa.
La posibilidad de instalar un ascensor resultaba inviable pues la estrechez del descansillo no lo permitía. La solución llegó unos meses después cuando al leer una noticia en la prensa diaria, les permitió un atisbo de esperanza.
Un dispositivo llamado “salvaescaleras” podría ser la solución a sus problemas. En la información informaban de los beneficios de los salvaescalera y que dicho aparato había recibido un galardón en la feria de inventores.
El dispositivo consistía en una silla sujetada por carriles a las paredes de la casa y permitía de una manera barata, cómoda, rápida y sobre todo, segura, superar esos veinte escalones que separaban cárcel y libertad.
Consultó con los vecinos y los más previsores se animaron a sufragar el aparato y la instalación. Muchos vecinos más decidieron colaborar cuando vieron la utilidad de la silla salvaescaleras.
Desde entonces los veinte escalones dejaron de ser un problema y las barreras arquitectónicas, una vez más, fueron superadas.
Escrito por: Manuel Enriquez